Soy repetidora, no por vaga sino por una situación malísima que por desgracia presencié el año pasado.
Al cumplir los 18 años, una se debate constantemente entre el trabajo o el estudio, y es así como se puede descontrolar. Uno se pone en modo automático y ve todo pasar, ve cómo su alrededor logra sus propósitos mientras que él o ella no hace nada por salvarse. Cuando toqué fondo, y casi caigo en depresión, decidí no saber nada de los estudios e irme directamente a trabajar. Durante cuatro meses trabajé en la fresa en Francia, y gracias a esa gran experiencia, conseguí espabilarme y darme cuenta de lo fuerte que soy. Debido a esto y a unas cuantas charlas, decidí retomar el bachillerato para posteriorme hacer un Ciclo de Grado Superior de Educación Infantil.
Igual en mujeres como en hombres es totalmente normal fracasar, pero es muy necesario tanto recaer como tocar fondo para darse cuenta de las grandes cosas que pasan en nuestro día a día y las oportunidades que nos ofrece la vida.
En pleno siglo XXI cada persona, sea de la condición sexual que sea, puede llegar a ser lo que quiera, siempre y cuando haga lo posible por lograr lo que quiere, a pesar de tener malas rachas.
Cualquier trabajo es digno tanto para unas finas manos como para otras llenas de callos, así que a día de hoy no hay que pensar en el género ni en el físico sino en la capacidad, voluntad y fuerza mental que debemos tener constantemente.
Zaira leyendo su discurso de agradecimiento. Detrás Juan Ramón Barat, presidente del jurado
El pasado viernes 24 de junio se celebró en el balneario de Archena la entrega del V premio de relato Lorenzo Silva, organizado por el colegio El Ope.
Zaira, de 1º de bachillerato, fue una de los nueve finalistas de entre casi cuatrocientos relatos presentados desde todos los puntos cardinales de España. La alumna estuvo arropada por su familia, el profesor de Lengua del IES Francisco de Goya, Jesús Leal, y la profesora de Lengua de su anterior centro, Elisa, del IES Vega Media de Alguazas.
Aquí os dejamos el relato finalista junto con un par de fotos del evento y el enlace al vídeo que está disponible en la página del colegio El Ope.
¡Enhorabuena!
Disfrutad de este magnífico relato, con el que podéis iniciar las lecturas veraniegas. ¡Felices vacaciones!
Zaira y Jesús Leal, su profesor de Lengua en el IES F. de Goya
Mía
“Si nada nos salva de la muerte, al menos
que el amor nos salve de la vida.”
Pablo Neruda
Cuando esta horrible presión en el pecho comienza a asfixiar, no existe mejor
sensación que notar los primeros rayos del atardecer inesperadamente a través de
la ventana. Me encontraba tecleando en el ordenador de la oficina cuando una
fresca brisa ha acariciado mi piel, y cesando por un momento el aburrido sonido de
las teclas, he cerrado los ojos y me he dejado embriagar por el ambiente. El dulce
aroma a jazmines de una floristería cercana ha conseguido hacerme disfrutar de
escasos cinco minutos que han significado un enorme sosiego, sin dar importancia
al tiempo o a lo que pudiera suceder más allá.
Regresando a la realidad he recorrido la vista por el espacioso despacho y
algunos de mis compañeros, cuyos nombres no me he esmerado en recordar,
permanecían aún en la sala. Estirando mi brazo para que la manga descubriera el
plateado Rolex he observado cómo se marcaban diez minutos desde que mi jornada
había finalizado, por lo que tratando de disimular el cansancio y cerrando la pantalla
del portátil agarro el asa de mi maletín forrado de brillante poliéster negro. Las
suelas de mis zapatos son las únicas que generan un constante compás en la sala
mientras me acerco apresurado al ascensor, sintiendo cada vez más lejano el
sosiego de esa ventana. Cuando las puertas del elevador se cierran y la molesta
musiquita comienza a reproducirse permito que mi cabeza recaiga sobre su propio
peso, mirando hacia el techo, pensando en todo y en nada al mismo tiempo con un
lánguido suspiro.
En apenas unos minutos alcanzo por fin la pesada puerta principal, que al
empujarla siento como una bocanada de aire fresco me envuelve y discurre hacia la
avenida que, en este momento del día, suele estar abarrotada de personas que
caminan sin siquiera cruzar miradas entre ellos. Avanzando calle abajo me dedico a
observar las nubes y oír el lejano canto de las aves buscando refugio. Vuelvo a
cerrar mis ojos tratando de atrapar cada pequeño rayo de luz cuando el olor a
jazmín se intensifica, y en este momento me deleito contemplando el espectáculo de
colores que siempre se encuentra en el stand de flores del final de la calle. Plantas y
brotes de todos los colores, formas y olores decoran el mimado puesto, pero
observándolas, un pequeño ramo de lirios capta mi atención. Mi mirada, fija y
perpleja, no puede despegarse de ellos.
Todavía cautivado por sus rosados pétalos lo compro, y sin intercambiar ni
una palabra con el vendedor camino lentamente por la avenida. Esta vez nada logra
distraerme de estos delicados pétalos. Cabizbajo, con el ramo entre mis manos y
acercándolo contra mi pecho comienzo a recordar. Una tormenta de recuerdos me golpean mientras me aproximo a ese lugar, notando cómo el frío de la llegada de la
noche congela hasta el alma.
Recuerdo aquel día como si fuese ayer. Aún puedo notar como las imágenes
se clavaban en mi pecho al igual que puñales y me daban la certeza de que ya nada
podría volver a ser como hasta ese momento. Todavía puedo cerrar los ojos y notar
su olor, ese distinguido aroma a lirios en plena primavera, acompañado de esa
preciosa risa que para mis oídos era la más bella canción. Todo a su lado era luz,
hasta que llegó el tormento, nuestro tormento.
***
Se trataba de un caluroso sábado de verano que te obligaba a permanecer
más de lo normal entre las sábanas, aunque Mía nunca consideraba esa opción.
Lentamente regresaba en mí, frotando mis adormilados ojos y percibiendo los
rayos de luz que por la persiana entreabierta se escapaban, formando así alargadas
siluetas rectangulares que impregnaban cada rincón de la habitación.
Encogiéndome aún sobre el colchón pude distinguir el sonido de la sartén
acompañado de un sutil aroma a café. Tras apenas unos instantes me incorporé y,
aún indolente, caminé por el pasillo hasta alcanzarla.
Cuando me encontraba en el umbral de la puerta apoyé mi hombro sobre el
marco y en silencio permanecí observándola. Ella distraída, en cuerpo presente
pero con los pensamientos volando, cocinaba nuestro desayuno. Sin percatarse de
mi presencia me aproximé a su espalda y la envolví con mis brazos, reposando mi
mentón en su cuello mientras ella servía las tazas. Sobresaltada volvió en sí y, por
fin, posó su verdosa mirada en la ventana. Observaba la calle y a los que por allí
caminaban, y sin expresión ninguna se escabulló de mí y salió de la cocina. Noté
que sus labios estaban sellados pero su mente no cesaba de gritar, por lo que no
dudé en ir tras ella.
Finalmente logré alcanzarla en el salón. Se acurrucó en uno de los sillones,
flexionando y abrazando sus rodillas para apoyar en ellas su delicada frente. No
podía ver su rostro, pero era evidente que algo sucedía. Preocupado me acomodé a
su lado, y mientras recogía su castaña melena me preguntaba qué debía decir o
hacer, aunque ella no me permitió formular pregunta cuando rápidamente se volvió
a marchar de la sala al notar mis manos acariciando su cuello. Confundido dejé caer
mis brazos sobre las rodillas, y acto seguido su teléfono móvil resolvió todas mis
dudas al iluminarse repentinamente la pantalla. Ningún sonido o llamada,
simplemente un mensaje, aquel texto que comenzó todo, una sencilla oración:
“Seguro que estás preciosa cuando duermes”. Por un momento no supe cómo
reaccionar. Deseaba respuestas, pero ella no notaba cómo podía escuchar sus
sollozos desde el salón.
Necesitaba huir de aquella casa. Mis pasos descalzos eran los únicos que
marcaban presencia mientras caminaba apresurado al vestidor, y tras un par de
minutos estaba listo para salir. Ya con una mano en el pomo de la puerta frené en
seco y pensé en Mía. Dudoso acabé dándome otra oportunidad buscándola por
casa.
Mareé por todas las habitaciones hasta que escuché un susurro en el cuarto
de baño. Esperé a la posibilidad de que ese murmullo fuese acompañado por más
palabras, pero cuando no hubo más que silencio entré, empujando lentamente la
puerta, provocando así un desagradable crujido.
Para mi sorpresa yo era el único que permanecía en aquel cuarto mientras el
viento que accedía por la ventana agitaba las blancas cortinas. Confundido pasé
lentamente y deslicé el vidrio del ventanal hacia abajo mientras observaba el resto
de muebles, y en ese momento fue cuando comenzó mi verdadera pesadilla,
exactamente en el instante en el que vi aquella imagen.
A mi derecha había un amplio espejo por el cual pude ver reflejado mi rostro
perplejo al distinguir una foto polaroid en él. Al despegarla para apreciar su
contenido fue cuando pude distinguir a Mía junto a él, aquél hombre que acabaría
siendo mi condena. Sonreían juntos, ella se veía feliz y sus pupilas relucían cual
diamantes. Afligido la dejé caer sobre el lavamanos mientras me aseguré de hacer
un sonoro estruendo con la puerta al cerrar.
***
El silencio y una profunda oscuridad inundaban el apartamento cuando
regresé de nuevo. Me había encontrado con un antiguo compañero en El Puerto, y
dicha coincidencia acabó extendiéndose más de lo previsto con un par de copas.
Ya estaba avanzada la madrugada, por lo que cuidadosamente me adentré
en el dormitorio donde Mía descansaba. Me acomodé entre las sábanas, notando la
profunda respiración de esa hermosa mujer, y cuando mis ojos cayeron agotados
sucedió lo que jamás podré olvidar.
De pronto me sentí envuelto por una radiante luz que no cesaba de destellar
y no sabía distinguir de donde surgía. Perplejo abrí mis ojos y comprobé que no me
encontraba en el dormitorio. Allí a donde mirase todo daba vueltas, la música
taladraba mis tímpanos, los miles de licores olorosos invadían mi olfato y un cúmulo
de desconocidos saltaban a mi alrededor.
Comencé a sentir una fuerte presión en el pecho que solamente supe
controlar cuando vi a Mía entre la multitud. Se encontraba sola y parecía buscar a
alguien con la mirada, y mientras apoyaba su frágil mejilla sobre una mano
mostraba desanimados los labios.
Encandilado me apresuré hacia ella, pero antes de poder dirigirle una sola
palabra alguien se sentó a su lado… era él otra vez, el mismo que posaba junto a
ella en la fotografía. Pude sentirlo como si miles de cuchillos se clavaran en mi
pecho cuando sin importarle mi presencia besó sus labios. Juro que traté de
separarlos, pero ni los golpes ni los gritos sirvieron. Me sentía invisible.
De pronto noté un ardor en mi pecho, y cuando desabroché la camisa
descubrí una profunda herida sangrante. Esta crecía y el dolor comenzaba a ser
insoportable. Todo daba vueltas, la música, el alcohol, Mía, aquel extraño. Conseguí
expulsar mi más desgarrador alarido mientras todo se ahogaba en la más oscura
sombra.
De pronto me pareció oír como dentro de mí ella me susurraba: Andrés,
vuelve. En ese momento me incorporé desatando un largo suspiro frente a la
perplejidad de Mía, que me observaba despeinada y adormilada. Miré a mi
alrededor y todo lo que había visto hasta aquel momento desapareció, solamente
nos encontrábamos ella y yo en el silencioso dormitorio. Aún jadeante y sudoroso no
aceptaba lo que acababa de presenciar, pero Mía sonriendo besó mi mejilla y
apagando el despertador me preguntó qué desayunábamos aquella mañana.
***
Cuando fui a la cocina en busca de Mía ella lucía una repentina simpatía que
contrastaba con mi aturdimiento. Estaba seguro de lo que había visto aquella noche,
y traté de conducir la conversación al extraño mensaje del día anterior.
- ¿Te apetece café? – preguntó Mía.
- No –contesté bruscamente– ¿Hay algo que quieras contarme?
- Si no me das más pistas no sé de qué hablas, Andrés.
- Ayer alguien te escribió y no parecías tranquila, ¿debería de saber
algo?
- Imaginaciones tuyas. Termina de desayunar, yo no tengo más hambre
–dijo ella antes de marcharse apresuradamente de la cocina.
No sabía si aquel texto procedía de ese hombre, pero la única idea que
valoraba era descifrarlo todo. Puesto que ella me esquivaba y no estaba por la labor
de contarme qué estaba sucediendo en esa maldita casa, decidí investigar yo
mismo. Cuando Mía se ausentó indagué a fondo en su teléfono móvil, pero parecía
haberse esfumado todo: no encontré más mensajes, fotos, contactos, llamadas…
Absolutamente nada.
Traté de recordar cualquier detalle que me ayudara en ese enigma. Los
pensamientos retumbaban en mi memoria cuando recordé un cajón especial que guardaba con cariño en el vestidor. De inmediato fui en su busca, a pesar de que
ella insistía en que el contenido de ese baúl eran asuntos privados. Aunque la había
visto guardar cosas dentro de él mil veces, nunca tuve la oportunidad de
inspeccionarlo a fondo, por lo que no sabía con certeza qué encontraría.
Este estaba detrás de toda su ropa, camuflado entre sus zapatos y abrigos
más largos. Cuidadosamente lo extraje del armario, destapé su cubierta y revelé
todo lo que en su interior descansaba. Lo primero que hallé fueron nuestras fotos de
matrimonio, en las cuales Mía lucía hermosa vestida de blanco, con su pelo castaño
recogido en un desenfadado peinado, sonriente, abrazada a mí; deseaba con todas
mis esperanzas recuperar aquella paz. Tras eso profundicé y encontré algunos
regalos que le entregué en nuestra juventud: varias cartas cuyo papel comenzaba a
deteriorarse y flores secas entre unas joyas. Pero lo que realmente me perturbó fue
lo que había al final del arca. Tras un sinfín de recuerdos ahí estaba, la fotografía
que encontré fijada en el espejo el día anterior, donde vi por primera vez a aquel
indeseable que se había propuesto perseguirme hasta en sueños. A pesar de ser
una simple imagen podía notar como sus ojos azules me penetraban las pupilas,
mientras Mía a su lado se prendaba de su olor. Esta vez detrás de la fotografía
había un nombre y una fecha: Alejandro - 2013. Seguía sin comprender nada, pero
escuché cómo los pasos de Mía se aproximaban, por lo que tuve que esconderlo
todo.
***
Aquella noche no pude conciliar el sueño fácilmente. Mi conciencia no cesaba
de pensar en ese tal Alejandro que parecía querer atormentarme, el origen de todo
lo ocurrido y la extrañeza de la situación… en Mía. Tras dar mil vueltas en la cama
conseguí tranquilizar mi desazón, pero ocurrió de nuevo aquella desagradable
experiencia.
Inesperadamente noté de nuevo la intensa claridad a mi alrededor. Sabía que
algo malo estaba por suceder, aunque era consciente de que aún quedaban pistas
que encontrar en el camino. Para mi sorpresa esta vez me hallaba en un lugar
distinto, un amplio y luminoso apartamento que era muy diferente al nuestro. Esa
habitación en la que estaba era un moderno salón abierto, conectado directamente
con la cocina, cuyas paredes se cubrían de ladrillos color plomizo. También había
plantas, portafotos y decoraciones por doquier.
De pronto salió Mía del interior de una de las habitaciones, y tras ella, un
hombre que deduje que se trataba de Alejandro por sus característicos ojos azules.
Ambos discutían acaloradamente, él alzaba la voz progresivamente mientras ella
introducía apurada objetos en una mochila. Aparentemente, él le reprochaba algo
que no le agradaba en absoluto, además agarraba bruscamente un teléfono móvil
que en reiteradas ocasiones le mostró agresivamente. Permanecí inmóvil, en
silencio, nadie se cercioraba de mi presencia. Fue entonces cuando Alejandro le propinó un golpe a Mía en una de sus mejillas, que tras esto pasó a tornarse de un
color rojizo. De inmediato me arrojé sobre él, pero no conseguí nada, puesto que mi
piel traspasaba perfectamente la suya cuando éstas entraban en contacto. Tuve que
presenciar impotente cómo Mía era víctima de la cólera de Alejandro. Tras unos
cuantos insultos el hombre salió de la sala y ella, tendida en el suelo, comenzó a
derramar lágrimas en silencio. Lentamente me acerqué a su lado, y ella se acomodó
de tal forma que pude ver que tras su pena uno de sus verdosos ojos comenzaba a
obtener un tono rosado, acompañado de una pequeña gota rojiza que aparecía en
la comisura de sus labios.
Una melodía repentina se escuchó en la lejanía, a lo que Mía, sin siquiera
mirarme a los ojos, se incorporó y fue hacia ella. Se trataba de su teléfono móvil,
que había lanzado Alejandro al suelo y por lo que la pantalla lucía muy quebrada;
aun así ella pudo distinguir su notificación, y para mi sorpresa, el que contactó con
Mía en aquel momento era yo, o mejor dicho, mi antiguo yo. Conseguí descifrar que
en el texto le pedía un encuentro con ella esa misma noche, a lo que respondió
risueña. Todo era incoherente, y aún más cuando a pesar de todo ella apagó el
aparato y se dirigió al cuarto donde estaba Alejandro.
Me asomé disimuladamente tras el marco de la puerta y observé cómo Mía
se sentó tras él en el colchón. Acarició sus hombros, besó su espalda y percibió el
aroma de su cuello. ¿Cómo podía comportarse de aquella manera? Su ingenuidad
me enfureció y no soporté la malicia de aquel desalmado al aprovecharse así de mi
Mía.
En aquel momento volvió a ocurrir, sentí ese pinchazo en mitad del pecho.
Observando mi camisa de pronto apareció un cerco rojizo que fue aumentando a la
vez que el dolor característico lo acompañaba. Grité, aullé, pero de nada sirvió.
Soporté en pie hasta que el dolor consiguió hacerme perder la consciencia y todo se
tornó oscuro. Cuando mis ojos acertaron a abrirse, ya no me encontraba en aquel
apartamento, sino en mi cama, aunque Mía ya no descansaba conmigo entre las
sábanas.
***
Me dirigí a la cocina, pero no había rastro de Mía, solamente una pequeña
nota en el frigorífico que indicaba que se había marchado a trabajar, lo cual
corroboraba la soledad en la que me encontraba.
Permanecí sentado en una de las sillas mientras sujetaba un cigarrillo con
una de mis manos a la vez que con la otra secaba el sudor de mi frente. Las rodillas
me temblaban y mi conciencia me reprendía mientras trataba de encontrar la
explicación que nunca conseguí descifrar.
Me negaba a confesarle a Mía todo lo que me estaba sucediendo, sabía que
eso volvería a enojarla, y ya me había advertido que ésa sería mi última oportunidad para cambiar mi actitud. Estaba acostumbrado a lidiar con petulantes como
Alejandro, Mía era la mujer que todo hombre habría deseado besar y tener entre sus
brazos. Siempre estuve ahí para protegerla, excepto en esa ocasión. No soportaba
la idea de tener que lidiar con esos extraños sueños todas las noches, de cada vez
que observara a Mía ver reflejado Alejandro en sus ojos, de sentirme engañado.
Mientras apuraba la última calada del cigarrillo planeé el que sería mi último
movimiento en ese laberinto. En apenas unos minutos me encontraba vestido y con
las llaves del coche en mano, saliendo apresurado e inquieto de casa me introduje
en el que era nuestro Volkswagen blanco para dirigirme a mi destino. Casi sin ser
consciente de ello, alcancé el domicilio más rápido que de costumbre, o al menos
así me lo pareció. Nada más aparcar me aproximé a la recia puerta de madera, y sin
pensarlo dos veces, uno de mis puños comenzó a golpearla sin apenas sentir las
estocadas en los nudillos. Unos pasos desganados se aproximaban hacia ella,
hasta que varios sonidos de cerraduras se escucharon y la extensa puerta se abrió,
encontrando tras ella a Margarita, la madre de Mía. Era notorio que la mujer se
encontraba confusa por mi visita sin el acompañamiento de su hija, aunque a pesar
de esto, disimuladamente y manteniendo su generosidad, me permitió la entrada.
Mientras escuchaba el agua hervir en la cocina estuve deambulando por el
amplio salón, observando el anticuado mobiliario que éste conservaba y cada
detalle de las decoraciones que se podían encontrar en las vidrieras con recuerdos
de viajes y eventos señalados. En la pared contigua al pasillo que conducía a la
cocina podías deleitarte con una auténtica exposición de retratos familiares, donde
entre hombres desconocidos y niños trajeados de marineros destacaba una amplia
imagen de Mía. En ella lucía más joven, su mirada reflejaba inocencia y pureza. De
pronto evoqué aquella primera visión, donde la encontré junto a Alejandro en ese
tugurio, y entonces reparé en que lucía muy similar a aquella imagen. ¿Acaso
estaría viajando a través de la vida pasada de Mía antes de enamorarse de mí?
Cuando trataba de acercar la vista lo máximo posible al retrato Margarita
regresó con una bandeja que contenía dos tazas, por lo que tuve que acompañarla,
evitando aquella fotografía y dejando, una vez más, dudas sin resolver. Observador
mantuve unos minutos en silencio mientras la mujer removía la infusión con una
cucharilla que producía un agudo tintineo al chocar con la porcelana. De vez en
cuando pude percibir su impaciencia cuando clavaba aquellos ojos verdosos, al
igual que los de Mía, sobre los míos. Finalmente, ella fue quién acabó con el silencio
que comenzaba a abrumar preguntando acerca del motivo de mi inesperada visita.
No sabía cómo comenzar la conversación, debía de ser discreto y cuidadoso, no me
hubiera perdonado nunca perder a Mía por un error así. Irónico, ¿cierto?
Traté de mantener la calma, pero cuando comencé a rememorar cada visión
que había vivido en la que mi Mía estaba junto a aquel hombre, la furia que me
abarcaba no me dejaba pensar con lucidez, por lo que no tardé en extraer aquella
fotografía de un bolsillo delantero de mi chaqueta. Al mostrársela a Margarita sus cejas se arquearon, mostrando una sorpresa que, cuando recordó que me
encontraba frente a ella, trató de disimular. Cada cosa que descubría, cada paso
que avanzaba en ese rompecabezas, me hacía sentir aún más engañado. Ella, ante
mi notorio nerviosismo, confesó que se trataba de Alejandro, aquel Alejandro…
Seguidamente me comenzó a relatar los tiempos en los que mi Mía y ese miserable
estuvieron hasta comprometidos. La nostalgia en los ojos de Margarita se hacía más
notoria mientras reiteraba en diversas ocasiones la bondad del hombre, y yo mismo
pude percibir el gran afecto que ella seguía manteniendo por el que fue su yerno, sin
mostrar aparente conocimiento de la oscura faceta que conocí en la visión. Sentí
que el mundo se caía a mis pies. Parecía que aquel hombre trataba de arrebatarme
todo aquello que me pertenecía. Furioso lancé la taza hacia la pared, mojándola con
la bebida que ésta aún contenía, para después salir de la casa sin dar lugar a
despedidas o explicaciones.
***
Mientras conducía hacia nuestro apartamento no podía dejar de pensar en lo
que me estaba sucediendo y en cómo podría regresar a lo que había sido mi
normalidad. Me encontraba absorto en mis pensamientos, y cuando quise darme
cuenta estaba conduciendo velozmente, sin dirección alguna ni concierto. Recuerdo
cómo la ansiedad retumbaba en mi frente mientras Stand by sonaba en la radio,
cuyos versos me atravesaban como puñales, intensificando más si cabía mi dolor.
Solamente podía pensar en Mía. Lo último que recuerdo de aquello es el claxon de
ese coche cuándo se encontró a escasos metros del mío, mientras la sonora
canción seguía inundando todo el vehículo. El verso “sueña que sueña con ella, y si
en el infierno espera, quiero fundirme en tu fuego” taladraba mis tímpanos cuando
las luces del vehículo me cegaron. Al final regresé en mí, pero no pude evitar lo
inevitable, por lo que decidí cerrar mis ojos y confiar en la suerte. Esperaba que el
estruendo se produjera, pero cuando todo se detuvo permanecí en silencio,
desconcertado. En el momento que volví a abrir mis ojos comprendí que la historia
estaba ocurriendo de nuevo, pues no me encontraba en mi coche.
Me incorporé sobresaltado en el colchón, y ante la repentina tranquilidad
comencé a palpar mi cuerpo en busca de vendajes o heridas inexistentes.
Permanecía unos instantes reposando cuando la cerradura del apartamento rompió
el silencio. Rápidamente me dirigí a la puerta principal, y tras ella apareció Mía. Me
apresuré eufórico a abrazarla, pero al rozar su piel la traspasé sin apenas dificultad.
Estaba volviendo a ocurrir, ella no me podía sentir.
La situación comenzaba a ser frustrante, no sabía cuánto tiempo más podría
aguantar esas oleadas de sentimientos tan confusos. Con mirada lacrimosa
permanecí observándola desde el final del pasillo, distraída lucía muy hermosa. Ya
en el interior dejó su bolso y llaves sobre la encimera de la cocina, mientras
observaba la hora y su notable inquietud aumentaba sin explicación aparente.
Comenzó a recorrer todo el apartamento en busca de algo, hasta que alcanzó el dormitorio y encontró allí a mi antiguo yo. Ella silenciosamente entró, caminando
delicadamente y acercándose a mi mesilla de noche, donde se encontraba su
teléfono móvil. En aquel instante mi memoria recordó ese momento. Si me trataba
de un viajero temporal había retrocedido un par de años. Aquel día Mía y yo
habíamos tenido una abrumadora discusión, y fue de las primeras veces en las que
ella me amenazó con marcharse de casa, la que era mi pesadilla hasta que
apareció Alejandro. También fue de las primeras veces que prometí mejorar.
Junto al aparato reposaban varios botellines de cerveza y una cápsula vacía
de somníferos. Mi cuerpo abarcaba gran parte de la cama, todas las persianas se
encontraban bajadas y podía distinguir la inquietud de Mía cada vez que realizaba
un amago de despertarme.
En el momento en el que ella alcanzó su teléfono se apresuró a la cocina,
cerrando previamente la puerta del dormitorio y expulsando la bocanada de aire que
aguardaba en su interior. Reposó el aparato encima de la encimera y se dejó caer
apoyada en una de las paredes. Se mantuvo unos instantes en silencio, escondida,
pensativa. Acertó a ponerse en pie y fue hacia el móvil, que para mi sorpresa el
contacto de Alejandro rebosaba en él: llamadas, notificaciones, correos
electrónicos… Ella, aparentemente consciente de ello, comenzó a responder
algunos mensajes. Me aproximé para apreciar bien cada detalle, pero mi castigo fue
ver cómo Alejandro suplicaba reencontrarse con ella. Angustiado de pensar que ese
hombre no pertenecía solamente al pasado de mi Mía comencé a suplicar que esa
visión acabase. Arañaba mi pecho, golpeándolo, mordiendo mis nudillos, desatando
toda mi rabia. Deseaba acabar con Alejandro, la sensación de ver a Mía entre los
brazos de otro era insoportable, y aún más tratándose de él. Cuando me sentía al
borde del colapso apareció la característica mancha roja, y por primera vez sentí
alivio al encontrarla.
Cuando regresé de mi alucinación me hallaba de nuevo en casa, esta vez
reposando sobre un sillón del salón. Por un instante todo mi cuerpo se sintió en
calma, y recorriendo la vista por la habitación volví a encontrar algo que me hizo
regresar a la pesadilla que me martirizaba. Desde lejos pude ver el vibrante color de
la tinta en la nota que estaba sujeta en uno de los portafotos que protegía una
imagen de Mía y yo.
Rápidamente me puse en pie y, al aproximarme a ella, pude leer que lo que
contenía escrito era “20:22”. Desconcertado observé el reloj de mi muñeca, el cual
indicaba que aún se trataba del comienzo de la mañana. Seguidamente me dirigí
hacia la cocina, pero lo que allí encontré me dejó inmóvil, pues a apenas un par de
pasos de la habitación hallé otra nota junto a mis pies. Me agaché para alcanzarla y
en ella leí un escrito distinto: “Ven conmigo”.
Continúe caminando sin apartar la vista del papel, y cuando entré en la
cocina me encontraba rodeado de notas por doquier, las cuales abarcaban todas las paredes y muebles, consiguiendo que allá a donde mirase pudiera fijarme en las
palabras "Alejandro", "20:22", "Mía", "Alejandro", "20:22", "Mía". Mi alma se corroía y
mi paciencia parecía rozar su fin. Cerré la puerta bruscamente y comencé a buscar
a Mía. La situación estaba al borde de colmar el vaso.
Me dirigí al dormitorio, pero en la cama solo pude encontrar miles de fotos de
ella con el maldito de Alejandro: la besaba, la abrazaba, sonreían. La ira me
consumía, gritaba y desordenaba todo aquello que encontraba a mi alcance.
No importaba a donde fuese, no era capaz de olvidar el pasado de Mía que
había descubierto. De pronto escuché la puerta principal cerrarse, por lo que
velozmente me dirigí a ella. Se trataba de Mía, la cual había entrado repleta de
bolsas rebosadas de productos. Comencé a preguntarle por todo, saqué de mis
bolsillos algunas notas, también confesé todo lo que había visto estos últimos días y
hasta me parecía imposible mantener la calma. A pesar de todo no obtuve
respuesta, por lo que impotente traté de empujar uno de sus hombros para captar
su atención, aunque esto solo sirvió para hacerme ver que la pesadilla no había
alcanzado su fin.
Boquiabierto comencé a caminar hacia atrás mientras mis ojos perplejos
permanecían fijos en Mía. En ese momento me dirigí hacia el calendario más
cercano y pude observar que el día a tachar correspondía con el de mi realidad:
sábado 2 de agosto; exactamente hacía una semana desde que terminó mi
normalidad.
Mía murmuraba mientras recogía sus compras, parecía molesta. Fue en ese
instante cuando su teléfono móvil comenzó a sonar. Ella rápidamente lo atendió, y
tal como esperaba, Alejandro se encontraba al otro lado de la línea. Tomé aire y me
apoyé en una pared del salón, comprimiendo mi frente fuertemente a modo de
intento de controlar mi ira. Mía sonreía, cambió drásticamente su humor y estuvo
hablando largo y tendido hasta que, pasados unos minutos, se dirigió a uno de los
sillones del salón. Se acomodó en él y su tono de voz se atenuó. Comenzó a hablar
acerca de un destino que ambos parecían conocer, pero todo se desató cuando
comprendí que el "juntos" de Mía no me incluía a mí, sino a Alejandro. La
impotencia desembocó en las lágrimas y la zozobra me arrancó el aliento. Entre
sollozos y alaridos pude distinguir como Mía acordaba con él la hora que
previamente había leído: 20:22. En ese momento todo comenzó a dar vueltas
alrededor de mí, la habitación crujía y se desmontaba al igual que un
rompecabezas, al igual que mi vida. Mía se desvaneció y yo me adentré en una
oscuridad inmensa. Notaba como mi cabeza retumbaba mientras oía lejana su risa,
y fue en ese momento cuando escuché un fuerte sonido.
***
Abrumado y cubierto de sudor me incorporé en la cama. El despertador de la
mesilla de noche producía un estruendo insoportable que aumentaba los zumbidos dentro de mi cabeza. Me ensañe con el aparato que, tras lanzarlo contra el suelo,
sus mecanismos quedaron esparcidos por toda la habitación, iluminada por la tenue
luz de la luna que las cortinas permitían ingresar.
Indiferente clavé mi mirada en las rojas luces del reloj, apreciando que ya se
encontraba adentrada la tarde, exactamente eran las 20:15 h. No había rastro de
Mía, por lo que me deshice de las sábanas que me envolvían y caminé desganado
por la habitación. En mi rostro se distinguía la desesperación, los párpados caídos
exhibían mi desolación y el ceño mi desconsuelo. Mientras aplastaba los engranajes
del despertador solamente me podía centrar en el dolor que notaba en mi pecho, del
cual la única causante era Mía.
Arrastrando los pies alcancé finalmente la cocina, en la que efectivamente
pude observar el día 2 de agosto aún sin tachar en el calendario, aunque para mi
sorpresa no había rastro de las notas que había visto apenas escasos momentos.
Recorrí cada pared de la casa, cajones, portafotos, y nada parecía haber sucedido.
Aun así había algo dentro de mí que no callaba, un pequeño demonio me susurraba
a cada instante el nombre de la mujer que parecía haber planeado destrozarme.
Con la conciencia totalmente perdida agarré uno de los cuchillos más afilados que
había en uno de los cajones de la cocina, y furiosamente coloqué mi antebrazo en la
encimera, decidido a mis pensamientos. No podía aguantar esa situación mucho
más. Cuando comencé a notar la frialdad de su filo rozándome recordé lo que la
primera nota contenía: 20:22.
Me mantuve inmóvil, notando la leve presión que el cuchillo ejercía, hasta
que pensé en algo mejor. Apagué todas las luces y empuñándolo aún me dirigí a la
entrada del apartamento. En el trasluz se distinguía mi silueta erguida y la del arma
afiliada. El dorado pomo de la puerta brillaba, esperaba pacientemente a que este
produjera movimiento. Atento controlaba el paso del tiempo, y cuando mi reloj ya
marcaba las 20:22 h escuché una llave al otro lado de la entrada. Alejandro no iba a
robarme a mi Mía, aunque fuera lo último que hiciese. Esperé estático hasta que la
puerta se abrió acompañada de un leve chirrido, y cuando la lámpara se prendió,
inundando así toda la sala con su luz, cerré los ojos fuertemente y comencé mi
cometido. Mientras usaba el arma grité "Mía" una y otra vez, aunque quizás no sólo
me refería con él al nombre de la que aún era mi mujer.
No escuché alarido alguno, solamente como el filo rozaba su piel y las gotas
rojizas salpicaban mi cuerpo. Al parecer irremediable la situación abrí mis ojos. El
arma se deslizó entre mis dedos cuando frente a mí no encontré al hombre de
cabellos rubios que me había arrebatado a mi mujer, sino tendido el esbelto cuerpo
de Mía. Me agaché junto a ella lentamente, mientras acariciaba su castaña melena
despeinada no pude contener un par de lágrimas que se deshicieron cuando
chocaron con su mejilla. Junto a uno de sus brazos descansaba su teléfono móvil,
que estaba encendido en un chat, que efectivamente, era el de Alejandro. El ceño
me transmutó rápidamente cuando leí el último mensaje que Mía le había enviado a ese miserable: En 5 minutos comienza nuestra vida. Sin emitir palabra apagué el
aparato, cogí todo aquello que pude guardar en una mochila y salí de aquella casa,
no sin antes reposar sobre el recibidor mi anillo de compromiso.
***
Aún evocando aquellos recuerdos noto como mi piel se eriza. Mientras
camino percibo como el frío de la noche comienza a abrazar la ciudad. El ramo de
lirios me envuelve con su olor, al igual que lo hacía Mía hasta aquel día. Con cada
crujido de las hojas caídas recuerdo las experiencias que viví con ella, envidiando la
suerte que gocé durante años.
Quizá ya no sentía lo mismo que yo por ella, y le podía hacer más feliz un
“nosotros” que me remplazaba por Alejandro. Quizá pude verme reflejado en su
dolor con cada visión, quizá no la quise como se hubiera merecido, quizá no pude
envolverla con mi amor al igual que hizo Alejandro. Lo único que sé con certeza a
día de hoy es que sólo yo podía ser de Mía, al igual que ella de mí, tal y como nos
prometimos un día.
Tras el largo trayecto alcanzo el banco, nuestro banco preferido cuando
éramos jóvenes, desde el cual admirábamos vistas a toda la ciudad. Sentándome
en él percibo desde la lejanía los brillantes destellos de las farolas de las calles,
escuchando los motores de los coches y los murmullos de los pájaros buscando
refugio entre las copas de los árboles más altos. Y ahí está, junto a mí. Sobre ella
reposo el ramo de lirios rosados, retirando las flores de la semana anterior y
acariciando delicadamente las letras de su nombre.
- Puede que Alejandro hubiera sabido hacerte más feliz que yo durante un
tiempo, pero tú eres mi Mía, y eso nunca cambiará. Espero que allá donde estés
hayas aprendido que soy el hombre de tu vida, así como a amarme mejor– Afirmo
con seguridad para seguidamente besar el frío granito que descansa sobre ella y
susurrarle– Hasta mañana, cariño.
FILOSOFÍA DE LA CUCHARA, MIGUEL MARTÍNEZ LÓPEZ (Madrid, 1982), EDICIONES CÁLAMO.
POR CARMEN MORENO LÓPEZ. 2 BACH. INV.
Miguel Martínez López es profesor de Filosofía en Bachillerato. Publicó
su primer poemario en 2014, Mis pies de Mono. Su segundo libro de poemas, Viajes a una fresa, fue publicado en 2017. Ha participado en recitales y festivales
de toda España. Sus poemas han aparecido en revistas y antologías como Poetas
en Tiempos de crisis, Refugiamos, Psicopompo,Narrativa breve, etc.
El libro se divide en tres partes. Donde se abordará desde el humor y la osadía
imaginativa y verbal la gran paradoja existencial humana. Su razón le hace al
hombre ser dueño e intérprete del mundo, pero ese supuesto dominio y arrogancia
de poco le valen para comprenderse a sí mismo y para dirigir su vida libremente.
Las cosas (la cuchara, la lavadora, los libros...) fruto de su inventiva y siempre a su
servicio, serán los mudos testigos de su necesidad para comprender el mundo
exterior y su mundo interior.
Oficina de objetos despiertos
“Mi jefe dice que soy un desastre.”
Satiriza la falsa preocupación que muestran los jefes “Somos un simple número de
expediente” y a su vez desarrolla el desastre de vida que comúnmente vivimos,
desde pasar por una relación sentimental intensa que posteriormente sale mal hasta
exponer lo desordenados o torpes que somos para mantener una rutina.
“Oración de una lavadora”
Analogía entre el funcionamiento de la lavadora y el existencialismo del autor. El
valor del sentir, el tener posibilidad a estar perdido, a ser un caos, al ir lento, a
disfrutar de lo inútil… Hoja seca de reclamaciones
“Sopa de quejas”
Relata la línea temporal del amor. El entusiasmo y las ganas del comienzo de una
relación hasta encontrar la razón de por qué estás con esa persona e intentar
averiguar la efusión que mantenía la relación.
“Vampiros”
Describe la dificultad para motivar a los alumnos en este obsoleto sistema
educativo. Referencias como “soportamos biblias de programación” “Del mito a la
regla de tres” queriendo expresar que el alumno debe saber y dársele bien todas las
materias.
La memoria sociedad anónima
“Mi expedición es imposible”
Crea una comparación a través de las inquietudes de ser niño, aventurero
descubriendo nuevos lugares y personas a llevar una expedición y acompañar el
cáncer de su madre donde acabará por descubrir el tumor.
“La pirámide de Egipto”
Cuenta desde su perspectiva el tener la oportunidad de viajar, en cambio su padre
nunca tuvo esa opción. Así pues a través de imágenes nos podrá evocar los
recuerdos de sus familia mientras viaja apreciando que su padre se interese por
todos sus viajes.
“La memoria S.A.”
¿Cómo inmortalizar el tiempo? Todo lo que hemos vivido en un momento se
difumina, desaparece. Solo el estar del presente es eterno en ese momento. De
pronto todo se borrará
“El país de justo antes”
Las ansias por llegar a un momento concreto se convierte en la mejor parte el
camino para llegar a éste. Las expectativas, los nervios, las ganas porque llegue a
veces es más emocionante que el propio momento que esperamos.
POESÍA MASCULINA, LUNA MIGUEL SANTOS (1990), EDITORIAL LA BELLA VARSOVIA
Luna Miguel Santos es poeta, editora y traductora. Considerada
como una de las escritoras más destacadas de su generación, ha publicado seis
libros de poesía: Estar enfermo(2010), Poetry is not dead (2010), Pensamientos
estériles (2011), La tumba del marinero (2013) y Los estómagos ( 2015), que han sido
traducidos a otros idiomas. También es autora de la novela El funeral de Lolita
(2018) y del ensayo El dedo. Breves apuntes sobre la masturbación femenina
(2016). Como editora ha coordinado las antologías Tenían veinte añosy estaban
locos (2011) Pasarás de moda (2015), y ha traducido autores como Marcel Schwob,
Arthur Rimbaud, Tracy K. Smith o Catalina Stanislav. Hazme volar es su primera
incursión en la literatura infantil.
Se trata de un libro muy realista que trata las acciones y sucesos cotidianos, por ello
da la impresión de utilizar la técnica del diario. No se trata de una poesía
convencional puesto que los poemas no poseen una estructura definida, ni cumple
ninguna norma de los poemas tradicionales, Luna Miguel ha sabido incluir un compendio de poemas que ofrece temas, tonos y
referencias de la generación Millennials muy variados puesto que trata de dar réplica
al mundo actual tan complejo.
Este libro refleja el amor, la incomprensión, la falta de deseo o la contemplación de
los cuerpos ajenos sumergiéndose la escritora desde la perspectiva de un escritor
hombre. La autora juega con la concepción del hombre hegemónico.
Se puede observar que es un libro íntimo ya que parece abordar temas personales, a
pesar de esto nos podemos identificar con ellos porque son recurrentes y comunes
en nuestro día a día. Desde los sentimientos universales como el desamor que a
menudo son imperceptibles para la pareja hasta que presiente que ya no se quieren.
Esta obra integra la nueva masculinidad a la que se enfrenta la sociedad a día de hoy
en la que retrata los miedos de un hombre que intenta reconstruirse.
Creo que la intencionalidad de Luna Miguel es mostrar cómo los escritores a
menudo escriben sobre apetencias sexuales e intimidades desde la perspectiva de una mujer cuando realmente está realizando desde su punto de vista masculino, esto es
lo que se llama como male gaze, describe una forma de retratar y mirar a las
mujeres que empodera a los hombres mientras sexualiza y disminuye a ser la
otredad.
Este concepto no se trata solo de cómo se utilizan a las mujeres y sus cuerpos para
satisfacer la fantasía masculina. También sobre cómo esta mirada hace que las
mujeres se sientan consigo mismas. Por otro lado, a las mujeres que escriben poesía
de amor, sexualidad o cuerpos se les reduce a poesía meramente femenina. Sin
embargo, abarcan temas, cualidades y experiencias mucho más allá de esta simple
reducción.
UNA PEQUEÑA PERSONALIDAD LINDA, BERTA GARCÍA FAET, POR IVANNA CARRO. 2º BACH. INV.
BIOGRAFÍA
Berta García Faet nació en Valencia en 1988. Es autora de los libros como La edad de
merecer,Los salmos fosforitos (La Bella Varsovia, 2017; Premio Nacional de Poesía
Joven Miguel Hernández 2018), Una pequeña personalidad linda (La Bella Varsovia, 2021)
y otros cuatro poemarios, reunidos en Corazón tradicionalista. Poesía 2008-2011 (La Bella
Varsovia, 2017). Es doctora en Estudios Hispánicos por la Universidad de Brown.
Una pequeña personalidad linda es una obra que recoge las canciones de una voz que se
aventura: relatos que nos hablan de un yo andarín que sigue adelante. En un mundo de ecos
antiguos, pero también desde la actualidad, este yo cantante camina y camina. Berta García
Faet peregrina por universos fantásticos a la búsqueda de una búsqueda, de su acertijo.
Después de las obras incluidas en Corazón tradicionalista, y de la experiencia tensionando
lenguaje, pensamiento y emoción que proponían La edad de merecer y Los salmos fosforitos,
Una pequeña personalidad linda inaugura un nuevo ciclo poético y vital.
Al ser un poemario compuesto prioritariamente por canciones, su ritmo melódico hace que la
lectura sea simple y divertida. Al tratarse en su mayoría de versos rítmicos, hace uso de
diversos recursos lingüísticos que dotan a los poemas de gran musicalidad, algunos de los
recursos más recurrentes son: paralelismo, anáfora, aliteración, poliptoton, entre otros.
La secuencia de los poemas no sigue una trayectoria definida pero tienen en común un ritmo
constante. Los versos son en su mayoría irregulares pero la estructura y su gran
parecido en cuanto a recursos literarios hace que no se pierda el hilo de la lectura.
Los temas que aborda hacen referencia en muchas ocasiones a la infancia, al crecimiento y
desarrollo de los seres humanos y al sentido de la vida cotidiana.
POR AQUÍ PASÓ UN RÍO, DE ÁNGELES CARNACEA, ED. RASPABOOK
POR REBECA FERNÁNDEZ, 2º BACH. INV.
El libro es un
poemario que recoge ladolorosa
experiencia de la autora frente a la muerte de su
madre (a quien dedica el libro).
Reflexión sobre
el título
Creo que el
título hace referencia al dueloque sufre.
Siendo el río su madre y por donde pasó, la
vida de la escritora.
Análisis
Se trata de un
poemario desgarrador ycargado de
dolor e incertidumbre. Con una armonía oscura y una originalidad premiable.
Los temas
principales del libro son lamuerte, el
duelo, el amor, la fugacidad del tiempo, etc.
También
observamos una gran cantidad demetáforas,
comparaciones y paralelismos.
El libro es conmovedor y
sabe calar en el alma perfectamente.
La autora refleja el
dolor sobre la muerte de un
ser querido de una forma
dolorosa pero preciosa.
Hablando siempre desde
el respeto a su madre
y elevándola a la
divinidad.
En mi opinión,
la autorautiliza las secciones y el desarrollo del
libro para contar cómo sobrelleva el duelo y lo
mucho que le importaba su
madre.
Henry David Thoreau fue un filósofo, ambientalista y poeta del siglo XIX conocido como el primer
ecologista de la historia. La lectura (un fragmento de Utopía, una aventura filosófica, de Ana Alosnso) ocurre en un campamento para
adolescentes que se están desintoxicando de la adicción a las nuevas tecnologías. Ahí los
personajes conocen a varios pensadores de la filosofía universal,
representados por varios actores del campamento, para interactuar con ellos
directamente y contarles más sobre su historia y hazañas. En este caso, Henry
David Thoreau conoce a los personajes, y les cuenta un poco sobre su
historia, cómo escribió su primer libro, Walden, y cómo acabó siendo el
primer ecologista de la historia. Algunas de sus ideas, que podemos extraer del texto, son:
- Él consiguió reflexionar y aprender más sobre sí mismo en Walden, rodeado
de naturaleza.
- Consideró aquello una existencia sencilla, pero maravillosa, libre de
distracciones e iluminadora.
- Él cree que la naturaleza es un símbolo exterior de nuestro espíritu interior,
como una prolongación de nosotros, y que rodeados de naturaleza es como
mejor nos encontramos.
- Sin embargo, también cree que un hombre no puede vivir eternamente
separado de sus semejantes, aislado en la naturaleza de tal manera.
- Finalmente, piensa que es bueno defender en lo que creemos, pero no
utilizando cualquier método posible, como la violencia o engaño.
Todas estas ideas siguen siendo relevantes en la actualidad, a pesar de que
no todas sean directamente relacionadas con el ambientalismo. Muchas están relacionadas con la filosofía más que con problemas sociales o políticos de la
época, así que aún se pueden aplicar a día de hoy. Es verdad que en su época
su trabajo no era respetado, lo cual fue algo que él ayudó a
cambiar y permitió que se convirtiese en un trabajo legítimo, y que ya no
fuese un problema en nuestra sociedad actual, pero aparte de eso, la mayoría
de sus ideas aún se puede aplicar a nuestras vidas contemporáneas.
Yo personalmente estoy mayoritariamente de acuerdo con ellas también,
pues pienso que la naturaleza sí es un buen lugar para reflexionar y vivir una
existencia simple e iluminadora (al ser un lugar tan tranquilo, fuera de las
ansiedades de la vida moderna), pero no creo que estar rodeado de
naturaleza necesariamente cambie mucho sobre cómo nos encontramos.
Estoy seguro de que es bueno para nosotros, pero no lo veo como una
prolongación de nosotros, o un símbolo de nuestro espíritu interior. Él mismo
dice que no es ideal que vivamos eternamente aislados de nuestra especie en
la naturaleza, y de nuevo estoy de acuerdo con ello.
Otra idea con la que estoy de acuerdo y que está más relacionada con la
filosofía que con el medioambiente es la manera que propone de defender
nuestras ideas. Personalmente pienso que la mejor manera de defender
nuestras ideas no es solo argumentando y explicando nuestro razonamiento,
sino también intentando entender el razonamiento y manera de pensar de
nuestra oposición. Al fin y al cabo, todos somos personas, y todos tenemos
una manera de pensar y rasgos físicos y mentales que nos hacen ser como
somos. Por muy diferentes que sean nuestras maneras de pensar, siempre
tenemos más que aprender, y simplemente defender lo que creemos sin
escuchar al otro lado del argumento no va a conducirnos a ningún sitio. La
única manera errónea de tener una discusión con alguien es no ser capaz de
cambiar la manera en la que piensas, reflexionar sobre tus propios errores y
aprender de la otra persona.
En cuanto a cómo actuamos, estoy generalmente de acuerdo con Thoreau
también. Es importante luchar por lo que creemos, sí, pero no hasta llegar al
punto en el que perdemos nuestra propia integridad ética simplemente por
llegar a un final deseado, y especialmente si eso significa causar daño
innecesario a otras personas que no han hecho nada mal.
A pesar de todo esto, y de poder dar mi opinión sobre los aspectos más
filosóficos y teoréticos de sus ideas, el medioambiente no es algo que me haya interesado mucho desde pequeño, y por ello no tengo muchos sentimientos
muy fuertes relacionados con sus ideas y aportaciones a la investigación del
medioambiente. Soy capaz de respetarlas y comentarlas, y sus conceptos
filosóficos sí me intrigan, pero aparte de eso no tengo mucha relación
personal al tema.
Parte de la razón es porque personalmente no he visto o al menos
estado en ningún entorno natural que realmente me impresione o me
interese demasiado. No suelo salir mucho fuera, así que no conozco ningún
paisaje en específico que me atraiga mucho, y ha hecho que no tenga mucho
interés en el tema del medioambiente. En general, muchos de los paisajes
cercanos a donde vivo son poco impresionantes. España (o, al menos, Murcia)
es un lugar bastante seco y pálido, y muchas de sus áreas son bastante
desérticas o no muy boscosas.
Recuerdo cuando era pequeño que algunos
lugares de Rumanía, donde crecieron mis padres, sí eran bastante exóticos e
impresionantes para mí (recuerdo en específico un parque con árboles
gigantes, poca infraestructura, rocas grandes, y una escasez de luces que hizo
que andar a través de él por la noche y con linterna fuese aterrorizante), pero
mis memorias ya son un poco borrosas, y no hay nada más que realmente se
me venga a la cabeza que considere un entorno natural interesante.
Supongo que si tuviera que decir cómo me siento en entornos naturales, diría
que no demasiado bien. No me gusta salir en general ya por defecto, y andar
por sitios llenos de insectos, piedras y arbustos pequeños sin ninguna razón
en particular no me suele hacer mucha gracia. No tengo nada en su contra, y
en sí siguen siendo bastante admirables y magníficos, y estoy seguro de que
en el lugar correcto me sentiría bastante tranquilo y asombrado, pero eso no
cambia el hecho que no me gusta pasearme por los que sí tengo disponibles.
Aun así, siempre he pensado que si pudiera ir alguna vez, mi paisaje favorito
sería un lugar ligeramente montañoso, lleno de árboles decentemente
grandes y aislado de la humanidad, pero lleno de sitios abandonados y
destruidos donde explorar, sin ninguna persona o centro turístico que
rompiese la ilusión. Me gusta estar solo y aislado de la población general de
vez en cuando, y poder pasar un tiempo en un lugar así y explorar las
gigantescas estructuras arruinadas y descuidadas que hubiera, a mi propio
ritmo, sin nada de lo que preocuparme, sería una experiencia verdaderamente
asombrosa, y muy tranquilizante. Es improbable que sea capaz de vivirla, y
dudo que un paisaje abandonado sea considerado un entorno
completamente natural, pero pienso que sería mi paisaje ideal.
Además de todo esto, no solo no me interesa demasiado el medioambiente,
sino que realmente no creo que hago mucho para cuidarlo tampoco. Al
menos, no más de lo que haría cualquier otra persona.
Simplemente intento no malgastar electricidad, agua, o comida cuando
pueda, y evito tirar cosas al suelo en zonas públicas. Y que yo sepa mi familia
no hace mucho tampoco, aunque puede que sí utilicemos algún
electrodoméstico de bajo consumo e intentamos no ensuciar el
medioambiente más de lo necesario. Podríamos hacer más, como reciclar y
reutilizar más cosas, usar más transporte público, plantar árboles, etc, pero a
pesar de ello, no creo que afectemos demasiado negativamente al
medioambiente tampoco. O, de nuevo, no más de lo que lo afectaría
cualquier otra persona en nuestra situación.
Más imformación sobre Thoureau y el libro Utopía, una aventura filosófica, de Ana Alonso, en estos enlaces:
Fue entonces cuando lo vimos. Un ejército japonés de treinta mil
soldados armados. Todos cabalgando directamente a nosotros,
montados a caballo. Sus armas, afiladas. Su armadura, reluciente.
Sus rostros, sedientos de sangre. Acercándose cada vez más.
Listos para el combate. El mensaje que recibimos antes no era una
burla. ¡Realmente iban a atacar! El campamento entero entró en
pánico. Altrán y yo nos quedamos los dos paralizados con miedo.
Ya no había tiempo para evacuar el área. O luchábamos, o
perdíamos nuestras vidas. Pero creo que ambos sabíamos que daba
igual lo que eligiéramos. Íbamos a morir igualmente.
Él comenzó a rezar. Rezó que lo que habíamos visto era solo un
mal sueño. Rezó que todo iría bien, que sobreviviría esta batalla, y
que volvería a ver a su familia. Ya sabía que no ocurriría, pero,
¿qué más podía hacer? Yo nunca me consideré un hombre
religioso, pero en ese momento de incertidumbre absoluta, yo
también me puse a rezar. No sé por qué. Pero recé.
En ese momento, nuestro general subió por la escalera. Estaba
frenético.
“Pero, ¿qué hacéis? ¡Id con el resto, cerrad las entradas!”, nos
gritó.
Sin ninguna antelación, bajamos corriendo a la valla y empezamos
a cerrar las endebles puertas. No creo que hubiesen sido suficiente
para pararles, pero algo teníamos que hacer.
Una vez cerradas todas las puertas, nos equipamos con todo lo que
pudimos, y nos preparamos para nuestra última batalla. Altrán y
yo cogimos unos arcos, quizá para disparar a algún jinete japonés,
o su caballo. No lo sé. No harían mucho, pero nos pillaron tan
desprevenidos, fueron nuestra única esperanza para contraatacar.
Una vez todos nos colocamos, comenzamos a esperar. A esperar
nuestro fin…”
- Basta. Ya es suficiente. - Dijo al fin el hombre al otro lado de la
mesa, quien había escuchado tan atentamente mi relato hasta
ahora.
- Todo esto es muy interesante, pero necesitamos que nos cuentes por lo que te trajimos hasta aquí para responder. El ejército mongol no
fue derrotado en 1278. No hay ningún rastro de la batalla que nos
estás contando, ni el campamento que dices haber protegido.
Necesitamos saber lo que ocurrió aquel día. Por qué seguís con
vida, y cómo llegasteis aquí. A este lugar. 800 años después de
vuestra época.
Me callé. En realidad, no sabía cómo responder. ¿Qué se supone
que le debía decir? ¿Que “recé” que los cielos nos salvasen, y que, en un único instante, nos despertamos todos aquí? ¿En las calles
grises y mugrientas de este reino?
¡Ni siquiera yo sabía lo que ocurrió!
Tras mucha deliberación, abrí por fin los labios, y le dije, abatido: