martes, 28 de junio de 2022

ZAIRA JIMÉNEZ SÁNCHEZ, FINALISTA DEL V PREMIO DE RELATO LORENZO SILVA

Zaira leyendo su discurso de agradecimiento. Detrás Juan Ramón Barat, presidente del jurado

 El  pasado viernes 24 de junio se celebró en el balneario de Archena la entrega del V premio de relato Lorenzo Silva, organizado por el colegio El Ope.

Zaira, de 1º de bachillerato, fue una de los nueve finalistas de entre casi cuatrocientos relatos presentados desde todos los puntos cardinales de España. La alumna estuvo arropada por su familia, el profesor de Lengua del IES Francisco de Goya, Jesús Leal, y la profesora de Lengua de su anterior centro, Elisa, del IES Vega Media de Alguazas.

Aquí os dejamos el relato finalista junto con un par de fotos del evento y el enlace al vídeo que está disponible en la página del colegio El Ope.

¡Enhorabuena!

Disfrutad  de este magnífico relato, con el que podéis iniciar las lecturas veraniegas. ¡Felices vacaciones!


Zaira y Jesús Leal, su profesor de Lengua en el IES F. de  Goya



                                                                                                          

                                                                                                     

                                      Mía 



                                                                  “Si nada nos salva de la muerte, al menos 

                                                                   que el amor nos salve de la vida.”

                                                                                                       Pablo Neruda 


   Cuando esta horrible presión en el pecho comienza a asfixiar, no existe mejor sensación que notar los primeros rayos del atardecer inesperadamente a través de la ventana. Me encontraba tecleando en el ordenador de la oficina cuando una fresca brisa ha acariciado mi piel, y cesando por un momento el aburrido sonido de las teclas, he cerrado los ojos y me he dejado embriagar por el ambiente. El dulce aroma a jazmines de una floristería cercana ha conseguido hacerme disfrutar de escasos cinco minutos que han significado un enorme sosiego, sin dar importancia al tiempo o a lo que pudiera suceder más allá. 

   Regresando a la realidad he recorrido la vista por el espacioso despacho y algunos de mis compañeros, cuyos nombres no me he esmerado en recordar, permanecían aún en la sala. Estirando mi brazo para que la manga descubriera el plateado Rolex he observado cómo se marcaban diez minutos desde que mi jornada había finalizado, por lo que tratando de disimular el cansancio y cerrando la pantalla del portátil agarro el asa de mi maletín forrado de brillante poliéster negro. Las suelas de mis zapatos son las únicas que generan un constante compás en la sala mientras me acerco apresurado al ascensor, sintiendo cada vez más lejano el sosiego de esa ventana. Cuando las puertas del elevador se cierran y la molesta musiquita comienza a reproducirse permito que mi cabeza recaiga sobre su propio peso, mirando hacia el techo, pensando en todo y en nada al mismo tiempo con un lánguido suspiro.

    En apenas unos minutos alcanzo por fin la pesada puerta principal, que al empujarla siento como una bocanada de aire fresco me envuelve y discurre hacia la avenida que, en este momento del día, suele estar abarrotada de personas que caminan sin siquiera cruzar miradas entre ellos. Avanzando calle abajo me dedico a observar las nubes y oír el lejano canto de las aves buscando refugio. Vuelvo a cerrar mis ojos tratando de atrapar cada pequeño rayo de luz cuando el olor a jazmín se intensifica, y en este momento me deleito contemplando el espectáculo de colores que siempre se encuentra en el stand de flores del final de la calle. Plantas y brotes de todos los colores, formas y olores decoran el mimado puesto, pero observándolas, un pequeño ramo de lirios capta mi atención. Mi mirada, fija y perpleja, no puede despegarse de ellos. 

  Todavía cautivado por sus rosados pétalos lo compro, y sin intercambiar ni una palabra con el vendedor camino lentamente por la avenida. Esta vez nada logra distraerme de estos delicados pétalos. Cabizbajo, con el ramo entre mis manos y acercándolo contra mi pecho comienzo a recordar. Una tormenta de recuerdos me golpean mientras me aproximo a ese lugar, notando cómo el frío de la llegada de la noche congela hasta el alma.

    Recuerdo aquel día como si fuese ayer. Aún puedo notar como las imágenes se clavaban en mi pecho al igual que puñales y me daban la certeza de que ya nada podría volver a ser como hasta ese momento. Todavía puedo cerrar los ojos y notar su olor, ese distinguido aroma a lirios en plena primavera, acompañado de esa preciosa risa que para mis oídos era la más bella canción. Todo a su lado era luz, hasta que llegó el tormento, nuestro tormento. 

                                                    *** 

   Se trataba de un caluroso sábado de verano que te obligaba a permanecer más de lo normal entre las sábanas, aunque Mía nunca consideraba esa opción. Lentamente regresaba en mí, frotando mis adormilados ojos y percibiendo los rayos de luz que por la persiana entreabierta se escapaban, formando así alargadas siluetas rectangulares que impregnaban cada rincón de la habitación. Encogiéndome aún sobre el colchón pude distinguir el sonido de la sartén acompañado de un sutil aroma a café. Tras apenas unos instantes me incorporé y, aún indolente, caminé por el pasillo hasta alcanzarla. 

    Cuando me encontraba en el umbral de la puerta apoyé mi hombro sobre el marco y en silencio permanecí observándola. Ella distraída, en cuerpo presente pero con los pensamientos volando, cocinaba nuestro desayuno. Sin percatarse de mi presencia me aproximé a su espalda y la envolví con mis brazos, reposando mi mentón en su cuello mientras ella servía las tazas. Sobresaltada volvió en sí y, por fin, posó su verdosa mirada en la ventana. Observaba la calle y a los que por allí caminaban, y sin expresión ninguna se escabulló de mí y salió de la cocina. Noté que sus labios estaban sellados pero su mente no cesaba de gritar, por lo que no dudé en ir tras ella.

    Finalmente logré alcanzarla en el salón. Se acurrucó en uno de los sillones, flexionando y abrazando sus rodillas para apoyar en ellas su delicada frente. No podía ver su rostro, pero era evidente que algo sucedía. Preocupado me acomodé a su lado, y mientras recogía su castaña melena me preguntaba qué debía decir o hacer, aunque ella no me permitió formular pregunta cuando rápidamente se volvió a marchar de la sala al notar mis manos acariciando su cuello. Confundido dejé caer mis brazos sobre las rodillas, y acto seguido su teléfono móvil resolvió todas mis dudas al iluminarse repentinamente la pantalla. Ningún sonido o llamada, simplemente un mensaje, aquel texto que comenzó todo, una sencilla oración: “Seguro que estás preciosa cuando duermes”. Por un momento no supe cómo reaccionar. Deseaba respuestas, pero ella no notaba cómo podía escuchar sus sollozos desde el salón.

   Necesitaba huir de aquella casa. Mis pasos descalzos eran los únicos que marcaban presencia mientras caminaba apresurado al vestidor, y tras un par de minutos estaba listo para salir. Ya con una mano en el pomo de la puerta frené en seco y pensé en Mía. Dudoso acabé dándome otra oportunidad buscándola por casa. 

   Mareé por todas las habitaciones hasta que escuché un susurro en el cuarto de baño. Esperé a la posibilidad de que ese murmullo fuese acompañado por más palabras, pero cuando no hubo más que silencio entré, empujando lentamente la puerta, provocando así un desagradable crujido. 

   Para mi sorpresa yo era el único que permanecía en aquel cuarto mientras el viento que accedía por la ventana agitaba las blancas cortinas. Confundido pasé lentamente y deslicé el vidrio del ventanal hacia abajo mientras observaba el resto de muebles, y en ese momento fue cuando comenzó mi verdadera pesadilla, exactamente en el instante en el que vi aquella imagen. 

   A mi derecha había un amplio espejo por el cual pude ver reflejado mi rostro perplejo al distinguir una foto polaroid en él. Al despegarla para apreciar su contenido fue cuando pude distinguir a Mía junto a él, aquél hombre que acabaría siendo mi condena. Sonreían juntos, ella se veía feliz y sus pupilas relucían cual diamantes. Afligido la dejé caer sobre el lavamanos mientras me aseguré de hacer un sonoro estruendo con la puerta al cerrar. 

                                                    *** 

   El silencio y una profunda oscuridad inundaban el apartamento cuando regresé de nuevo. Me había encontrado con un antiguo compañero en El Puerto, y dicha coincidencia acabó extendiéndose más de lo previsto con un par de copas. 

   Ya estaba avanzada la madrugada, por lo que cuidadosamente me adentré en el dormitorio donde Mía descansaba. Me acomodé entre las sábanas, notando la profunda respiración de esa hermosa mujer, y cuando mis ojos cayeron agotados sucedió lo que jamás podré olvidar. 

   De pronto me sentí envuelto por una radiante luz que no cesaba de destellar y no sabía distinguir de donde surgía. Perplejo abrí mis ojos y comprobé que no me encontraba en el dormitorio. Allí a donde mirase todo daba vueltas, la música taladraba mis tímpanos, los miles de licores olorosos invadían mi olfato y un cúmulo de desconocidos saltaban a mi alrededor. 

   Comencé a sentir una fuerte presión en el pecho que solamente supe controlar cuando vi a Mía entre la multitud. Se encontraba sola y parecía buscar a alguien con la mirada, y mientras apoyaba su frágil mejilla sobre una mano mostraba desanimados los labios.

   Encandilado me apresuré hacia ella, pero antes de poder dirigirle una sola palabra alguien se sentó a su lado… era él otra vez, el mismo que posaba junto a ella en la fotografía. Pude sentirlo como si miles de cuchillos se clavaran en mi pecho cuando sin importarle mi presencia besó sus labios. Juro que traté de separarlos, pero ni los golpes ni los gritos sirvieron. Me sentía invisible. 

   De pronto noté un ardor en mi pecho, y cuando desabroché la camisa descubrí una profunda herida sangrante. Esta crecía y el dolor comenzaba a ser insoportable. Todo daba vueltas, la música, el alcohol, Mía, aquel extraño. Conseguí expulsar mi más desgarrador alarido mientras todo se ahogaba en la más oscura sombra. De pronto me pareció oír como dentro de mí ella me susurraba: Andrés, vuelve. En ese momento me incorporé desatando un largo suspiro frente a la perplejidad de Mía, que me observaba despeinada y adormilada. Miré a mi alrededor y todo lo que había visto hasta aquel momento desapareció, solamente nos encontrábamos ella y yo en el silencioso dormitorio. Aún jadeante y sudoroso no aceptaba lo que acababa de presenciar, pero Mía sonriendo besó mi mejilla y apagando el despertador me preguntó qué desayunábamos aquella mañana.

                                                 *** 

   Cuando fui a la cocina en busca de Mía ella lucía una repentina simpatía que contrastaba con mi aturdimiento. Estaba seguro de lo que había visto aquella noche, y traté de conducir la conversación al extraño mensaje del día anterior.

 - ¿Te apetece café? – preguntó Mía. 

- No –contesté bruscamente– ¿Hay algo que quieras contarme? 

- Si no me das más pistas no sé de qué hablas, Andrés. 

- Ayer alguien te escribió y no parecías tranquila, ¿debería de saber algo? 

- Imaginaciones tuyas. Termina de desayunar, yo no tengo más hambre –dijo ella antes de marcharse apresuradamente de la cocina.

    No sabía si aquel texto procedía de ese hombre, pero la única idea que valoraba era descifrarlo todo. Puesto que ella me esquivaba y no estaba por la labor de contarme qué estaba sucediendo en esa maldita casa, decidí investigar yo mismo. Cuando Mía se ausentó indagué a fondo en su teléfono móvil, pero parecía haberse esfumado todo: no encontré más mensajes, fotos, contactos, llamadas… Absolutamente nada. 

   Traté de recordar cualquier detalle que me ayudara en ese enigma. Los pensamientos retumbaban en mi memoria cuando recordé un cajón especial que guardaba con cariño en el vestidor. De inmediato fui en su busca, a pesar de que ella insistía en que el contenido de ese baúl eran asuntos privados. Aunque la había visto guardar cosas dentro de él mil veces, nunca tuve la oportunidad de inspeccionarlo a fondo, por lo que no sabía con certeza qué encontraría. 

   Este estaba detrás de toda su ropa, camuflado entre sus zapatos y abrigos más largos. Cuidadosamente lo extraje del armario, destapé su cubierta y revelé todo lo que en su interior descansaba. Lo primero que hallé fueron nuestras fotos de matrimonio, en las cuales Mía lucía hermosa vestida de blanco, con su pelo castaño recogido en un desenfadado peinado, sonriente, abrazada a mí; deseaba con todas mis esperanzas recuperar aquella paz. Tras eso profundicé y encontré algunos regalos que le entregué en nuestra juventud: varias cartas cuyo papel comenzaba a deteriorarse y flores secas entre unas joyas. Pero lo que realmente me perturbó fue lo que había al final del arca. Tras un sinfín de recuerdos ahí estaba, la fotografía que encontré fijada en el espejo el día anterior, donde vi por primera vez a aquel indeseable que se había propuesto perseguirme hasta en sueños. A pesar de ser una simple imagen podía notar como sus ojos azules me penetraban las pupilas, mientras Mía a su lado se prendaba de su olor. Esta vez detrás de la fotografía había un nombre y una fecha: Alejandro - 2013. Seguía sin comprender nada, pero escuché cómo los pasos de Mía se aproximaban, por lo que tuve que esconderlo todo.

                                                     *** 

  Aquella noche no pude conciliar el sueño fácilmente. Mi conciencia no cesaba de pensar en ese tal Alejandro que parecía querer atormentarme, el origen de todo lo ocurrido y la extrañeza de la situación… en Mía. Tras dar mil vueltas en la cama conseguí tranquilizar mi desazón, pero ocurrió de nuevo aquella desagradable experiencia. 

   Inesperadamente noté de nuevo la intensa claridad a mi alrededor. Sabía que algo malo estaba por suceder, aunque era consciente de que aún quedaban pistas que encontrar en el camino. Para mi sorpresa esta vez me hallaba en un lugar distinto, un amplio y luminoso apartamento que era muy diferente al nuestro. Esa habitación en la que estaba era un moderno salón abierto, conectado directamente con la cocina, cuyas paredes se cubrían de ladrillos color plomizo. También había plantas, portafotos y decoraciones por doquier. 

   De pronto salió Mía del interior de una de las habitaciones, y tras ella, un hombre que deduje que se trataba de Alejandro por sus característicos ojos azules. Ambos discutían acaloradamente, él alzaba la voz progresivamente mientras ella introducía apurada objetos en una mochila. Aparentemente, él le reprochaba algo que no le agradaba en absoluto, además agarraba bruscamente un teléfono móvil que en reiteradas ocasiones le mostró agresivamente. Permanecí inmóvil, en silencio, nadie se cercioraba de mi presencia. Fue entonces cuando Alejandro le  propinó un golpe a Mía en una de sus mejillas, que tras esto pasó a tornarse de un color rojizo. De inmediato me arrojé sobre él, pero no conseguí nada, puesto que mi piel traspasaba perfectamente la suya cuando éstas entraban en contacto. Tuve que presenciar impotente cómo Mía era víctima de la cólera de Alejandro. Tras unos cuantos insultos el hombre salió de la sala y ella, tendida en el suelo, comenzó a derramar lágrimas en silencio. Lentamente me acerqué a su lado, y ella se acomodó de tal forma que pude ver que tras su pena uno de sus verdosos ojos comenzaba a obtener un tono rosado, acompañado de una pequeña gota rojiza que aparecía en la comisura de sus labios. 

   Una melodía repentina se escuchó en la lejanía, a lo que Mía, sin siquiera mirarme a los ojos, se incorporó y fue hacia ella. Se trataba de su teléfono móvil, que había lanzado Alejandro al suelo y por lo que la pantalla lucía muy quebrada; aun así ella pudo distinguir su notificación, y para mi sorpresa, el que contactó con Mía en aquel momento era yo, o mejor dicho, mi antiguo yo. Conseguí descifrar que en el texto le pedía un encuentro con ella esa misma noche, a lo que respondió risueña. Todo era incoherente, y aún más cuando a pesar de todo ella apagó el aparato y se dirigió al cuarto donde estaba Alejandro. 

   Me asomé disimuladamente tras el marco de la puerta y observé cómo Mía se sentó tras él en el colchón. Acarició sus hombros, besó su espalda y percibió el aroma de su cuello. ¿Cómo podía comportarse de aquella manera? Su ingenuidad me enfureció y no soporté la malicia de aquel desalmado al aprovecharse así de mi Mía.

    En aquel momento volvió a ocurrir, sentí ese pinchazo en mitad del pecho. Observando mi camisa de pronto apareció un cerco rojizo que fue aumentando a la vez que el dolor característico lo acompañaba. Grité, aullé, pero de nada sirvió. Soporté en pie hasta que el dolor consiguió hacerme perder la consciencia y todo se tornó oscuro. Cuando mis ojos acertaron a abrirse, ya no me encontraba en aquel apartamento, sino en mi cama, aunque Mía ya no descansaba conmigo entre las sábanas. 

                                                       *** 

   Me dirigí a la cocina, pero no había rastro de Mía, solamente una pequeña nota en el frigorífico que indicaba que se había marchado a trabajar, lo cual corroboraba la soledad en la que me encontraba. 

  Permanecí sentado en una de las sillas mientras sujetaba un cigarrillo con una de mis manos a la vez que con la otra secaba el sudor de mi frente. Las rodillas me temblaban y mi conciencia me reprendía mientras trataba de encontrar la explicación que nunca conseguí descifrar. 

   Me negaba a confesarle a Mía todo lo que me estaba sucediendo, sabía que eso volvería a enojarla, y ya me había advertido que ésa sería mi última oportunidad para cambiar mi actitud. Estaba acostumbrado a lidiar con petulantes como Alejandro, Mía era la mujer que todo hombre habría deseado besar y tener entre sus brazos. Siempre estuve ahí para protegerla, excepto en esa ocasión. No soportaba la idea de tener que lidiar con esos extraños sueños todas las noches, de cada vez que observara a Mía ver  reflejado Alejandro en sus ojos, de sentirme engañado. 

   Mientras apuraba la última calada del cigarrillo planeé el que sería mi último movimiento en ese laberinto. En apenas unos minutos me encontraba vestido y con las llaves del coche en mano, saliendo apresurado e inquieto de casa me introduje en el que era nuestro Volkswagen blanco para dirigirme a mi destino. Casi sin ser consciente de ello, alcancé el domicilio más rápido que de costumbre, o al menos así me lo pareció. Nada más aparcar me aproximé a la recia puerta de madera, y sin pensarlo dos veces, uno de mis puños comenzó a golpearla sin apenas sentir las estocadas en los nudillos. Unos pasos desganados se aproximaban hacia ella, hasta que varios sonidos de cerraduras se escucharon y la extensa puerta se abrió, encontrando tras ella a Margarita, la madre de Mía. Era notorio que la mujer se encontraba confusa por mi visita sin el acompañamiento de su hija, aunque a pesar de esto, disimuladamente y manteniendo su generosidad, me permitió la entrada. 

  Mientras escuchaba el agua hervir en la cocina estuve deambulando por el amplio salón, observando el anticuado mobiliario que éste conservaba y cada detalle de las decoraciones que se podían encontrar en las vidrieras con recuerdos de viajes y eventos señalados. En la pared contigua al pasillo que conducía a la cocina podías deleitarte con una auténtica exposición de retratos familiares, donde entre hombres desconocidos y niños trajeados de marineros destacaba una amplia imagen de Mía. En ella lucía más joven, su mirada reflejaba inocencia y pureza. De pronto evoqué aquella primera visión, donde la encontré junto a Alejandro en ese tugurio, y entonces reparé en que lucía muy similar a aquella imagen. ¿Acaso estaría viajando a través de la vida pasada de Mía antes de enamorarse de mí? 

   Cuando trataba de acercar la vista lo máximo posible al retrato Margarita regresó con una bandeja que contenía dos tazas, por lo que tuve que acompañarla, evitando aquella fotografía y dejando, una vez más, dudas sin resolver. Observador mantuve unos minutos en silencio mientras la mujer removía la infusión con una cucharilla que producía un agudo tintineo al chocar con la porcelana. De vez en cuando pude percibir su impaciencia cuando clavaba aquellos ojos verdosos, al igual que los de Mía, sobre los míos. Finalmente, ella fue quién acabó con el silencio que comenzaba a abrumar preguntando acerca del motivo de mi inesperada visita. No sabía cómo comenzar la conversación, debía de ser discreto y cuidadoso, no me hubiera perdonado nunca perder a Mía por un error así. Irónico, ¿cierto? 

   Traté de mantener la calma, pero cuando comencé a rememorar cada visión que había vivido en la que mi Mía estaba junto a aquel hombre, la furia que me abarcaba no me dejaba pensar con lucidez, por lo que no tardé en extraer aquella fotografía de un bolsillo delantero de mi chaqueta. Al mostrársela a Margarita sus cejas se arquearon, mostrando una sorpresa que, cuando recordó que me encontraba frente a ella, trató de disimular. Cada cosa que descubría, cada paso que avanzaba en ese rompecabezas, me hacía sentir aún más engañado. Ella, ante mi notorio nerviosismo, confesó que se trataba de Alejandro, aquel Alejandro… Seguidamente me comenzó a relatar los tiempos en los que mi Mía y ese miserable estuvieron hasta comprometidos. La nostalgia en los ojos de Margarita se hacía más notoria mientras reiteraba en diversas ocasiones la bondad del hombre, y yo mismo pude percibir el gran afecto que ella seguía manteniendo por el que fue su yerno, sin mostrar aparente conocimiento de la oscura faceta que conocí en la visión. Sentí que el mundo se caía a mis pies. Parecía que aquel hombre trataba de arrebatarme todo aquello que me pertenecía. Furioso lancé la taza hacia la pared, mojándola con la bebida que ésta aún contenía, para después salir de la casa sin dar lugar a despedidas o explicaciones.

                                                   *** 

   Mientras conducía hacia nuestro apartamento no podía dejar de pensar en lo que me estaba sucediendo y en cómo podría regresar a lo que había sido mi normalidad. Me encontraba absorto en mis pensamientos, y cuando quise darme cuenta estaba conduciendo velozmente, sin dirección alguna ni concierto. Recuerdo cómo la ansiedad retumbaba en mi frente mientras Stand by sonaba en la radio, cuyos versos me atravesaban como puñales, intensificando más si cabía mi dolor. Solamente podía pensar en Mía. Lo último que recuerdo de aquello es el claxon de ese coche cuándo se encontró a escasos metros del mío, mientras la sonora canción seguía inundando todo el vehículo. El verso “sueña que sueña con ella, y si en el infierno espera, quiero fundirme en tu fuego” taladraba mis tímpanos cuando las luces del vehículo me cegaron. Al final regresé en mí, pero no pude evitar lo inevitable, por lo que decidí cerrar mis ojos y confiar en la suerte. Esperaba que el estruendo se produjera, pero cuando todo se detuvo permanecí en silencio, desconcertado. En el momento que volví a abrir mis ojos comprendí que la historia estaba ocurriendo de nuevo, pues no me encontraba en mi coche. 

   Me incorporé sobresaltado en el colchón, y ante la repentina tranquilidad comencé a palpar mi cuerpo en busca de vendajes o heridas inexistentes. Permanecía unos instantes reposando cuando la cerradura del apartamento rompió el silencio. Rápidamente me dirigí a la puerta principal, y tras ella apareció Mía. Me apresuré eufórico a abrazarla, pero al rozar su piel la traspasé sin apenas dificultad. Estaba volviendo a ocurrir, ella no me podía sentir. 

   La situación comenzaba a ser frustrante, no sabía cuánto tiempo más podría aguantar esas oleadas de sentimientos tan confusos. Con mirada lacrimosa permanecí observándola desde el final del pasillo, distraída lucía muy hermosa. Ya en el interior dejó su bolso y llaves sobre la encimera de la cocina, mientras observaba la hora y su notable inquietud aumentaba sin explicación aparente. Comenzó a recorrer todo el apartamento en busca de algo, hasta que alcanzó el dormitorio y encontró allí a mi antiguo yo. Ella silenciosamente entró, caminando delicadamente y acercándose a mi mesilla de noche, donde se encontraba su teléfono móvil. En aquel instante mi memoria recordó ese momento. Si me trataba de un viajero temporal había retrocedido un par de años. Aquel día Mía y yo habíamos tenido una abrumadora discusión, y fue de las primeras veces en las que ella me amenazó con marcharse de casa, la que era mi pesadilla hasta que apareció Alejandro. También fue de las primeras veces que prometí mejorar. 

   Junto al aparato reposaban varios botellines de cerveza y una cápsula vacía de somníferos. Mi cuerpo abarcaba gran parte de la cama, todas las persianas se encontraban bajadas y podía distinguir la inquietud de Mía cada vez que realizaba un amago de despertarme. 

   En el momento en el que ella alcanzó su teléfono se apresuró a la cocina, cerrando previamente la puerta del dormitorio y expulsando la bocanada de aire que aguardaba en su interior. Reposó el aparato encima de la encimera y se dejó caer apoyada en una de las paredes. Se mantuvo unos instantes en silencio, escondida, pensativa. Acertó a ponerse en pie y fue hacia el móvil, que para mi sorpresa el contacto de Alejandro rebosaba en él: llamadas, notificaciones, correos electrónicos… Ella, aparentemente consciente de ello, comenzó a responder algunos mensajes. Me aproximé para apreciar bien cada detalle, pero mi castigo fue ver cómo Alejandro suplicaba reencontrarse con ella. Angustiado de pensar que ese hombre no pertenecía solamente al pasado de mi Mía comencé a suplicar que esa visión acabase. Arañaba mi pecho, golpeándolo, mordiendo mis nudillos, desatando toda mi rabia. Deseaba acabar con Alejandro, la sensación de ver a Mía entre los brazos de otro era insoportable, y aún más tratándose de él. Cuando me sentía al borde del colapso apareció la característica mancha roja, y por primera vez sentí alivio al encontrarla. 

   Cuando regresé de mi alucinación me hallaba de nuevo en casa, esta vez reposando sobre un sillón del salón. Por un instante todo mi cuerpo se sintió en calma, y recorriendo la vista por la habitación volví a encontrar algo que me hizo regresar a la pesadilla que me martirizaba. Desde lejos pude ver el vibrante color de la tinta en la nota que estaba sujeta en uno de los portafotos que protegía una imagen de Mía y yo. 

   Rápidamente me puse en pie y, al aproximarme a ella, pude leer que lo que contenía escrito era “20:22”. Desconcertado observé el reloj de mi muñeca, el cual indicaba que aún se trataba del comienzo de la mañana. Seguidamente me dirigí hacia la cocina, pero lo que allí encontré me dejó inmóvil, pues a apenas un par de pasos de la habitación hallé otra nota junto a mis pies. Me agaché para alcanzarla y en ella leí un escrito distinto: “Ven conmigo”. 

   Continúe caminando sin apartar la vista del papel, y cuando entré en la cocina me encontraba rodeado de notas por doquier, las cuales abarcaban todas las paredes y muebles, consiguiendo que allá a donde mirase pudiera fijarme en las palabras "Alejandro", "20:22", "Mía", "Alejandro", "20:22", "Mía". Mi alma se corroía y mi paciencia parecía rozar su fin. Cerré la puerta bruscamente y comencé a buscar a Mía. La situación estaba al borde de colmar el vaso. 

   Me dirigí al dormitorio, pero en la cama solo pude encontrar miles de fotos de ella con el maldito de Alejandro: la besaba, la abrazaba, sonreían. La ira me consumía, gritaba y desordenaba todo aquello que encontraba a mi alcance. 

   No importaba a donde fuese, no era capaz de olvidar el pasado de Mía que había descubierto. De pronto escuché la puerta principal cerrarse, por lo que velozmente me dirigí a ella. Se trataba de Mía, la cual había entrado repleta de bolsas rebosadas de productos. Comencé a preguntarle por todo, saqué de mis bolsillos algunas notas, también confesé todo lo que había visto estos últimos días y hasta me parecía imposible mantener la calma. A pesar de todo no obtuve respuesta, por lo que impotente traté de empujar uno de sus hombros para captar su atención, aunque esto solo sirvió para hacerme ver que la pesadilla no había alcanzado su fin. 

   Boquiabierto comencé a caminar hacia atrás mientras mis ojos perplejos permanecían fijos en Mía. En ese momento me dirigí hacia el calendario más cercano y pude observar que el día a tachar correspondía con el de mi realidad: sábado 2 de agosto; exactamente hacía una semana desde que terminó mi normalidad. 

   Mía murmuraba mientras recogía sus compras, parecía molesta. Fue en ese instante cuando su teléfono móvil comenzó a sonar. Ella rápidamente lo atendió, y tal como esperaba, Alejandro se encontraba al otro lado de la línea. Tomé aire y me apoyé en una pared del salón, comprimiendo mi frente fuertemente a modo de intento de controlar mi ira. Mía sonreía, cambió drásticamente su humor y estuvo hablando largo y tendido hasta que, pasados unos minutos, se dirigió a uno de los sillones del salón. Se acomodó en él y su tono de voz se atenuó. Comenzó a hablar acerca de un destino que ambos parecían conocer, pero todo se desató cuando comprendí que el "juntos" de Mía no me incluía a mí, sino a Alejandro. La impotencia desembocó en las lágrimas y la zozobra me arrancó el aliento. Entre sollozos y alaridos pude distinguir como Mía acordaba con él la hora que previamente había leído: 20:22. En ese momento todo comenzó a dar vueltas alrededor de mí, la habitación crujía y se desmontaba al igual que un rompecabezas, al igual que mi vida. Mía se desvaneció y yo me adentré en una oscuridad inmensa. Notaba como mi cabeza retumbaba mientras oía lejana su risa, y fue en ese momento cuando escuché un fuerte sonido.

                                                      *** 

   Abrumado y cubierto de sudor me incorporé en la cama. El despertador de la mesilla de noche producía un estruendo insoportable que aumentaba los zumbidos
dentro de mi cabeza. Me ensañe con el aparato que, tras lanzarlo contra el suelo, sus mecanismos quedaron esparcidos por toda la habitación, iluminada por la tenue luz de la luna que las cortinas permitían ingresar. 

   Indiferente clavé mi mirada en las rojas luces del reloj, apreciando que ya se encontraba adentrada la tarde, exactamente eran las 20:15 h. No había rastro de Mía, por lo que me deshice de las sábanas que me envolvían y caminé desganado por la habitación. En mi rostro se distinguía la desesperación, los párpados caídos exhibían mi desolación y el ceño mi desconsuelo. Mientras aplastaba los engranajes del despertador solamente me podía centrar en el dolor que notaba en mi pecho, del cual la única causante era Mía.

  Arrastrando los pies alcancé finalmente la cocina, en la que efectivamente pude observar el día 2 de agosto aún sin tachar en el calendario, aunque para mi sorpresa no había rastro de las notas que había visto apenas escasos momentos. Recorrí cada pared de la casa, cajones, portafotos, y nada parecía haber sucedido. Aun así había algo dentro de mí que no callaba, un pequeño demonio me susurraba a cada instante el nombre de la mujer que parecía haber planeado destrozarme. Con la conciencia totalmente perdida agarré uno de los cuchillos más afilados que había en uno de los cajones de la cocina, y furiosamente coloqué mi antebrazo en la encimera, decidido a mis pensamientos. No podía aguantar esa situación mucho más. Cuando comencé a notar la frialdad de su filo rozándome recordé lo que la primera nota contenía: 20:22

   Me mantuve inmóvil, notando la leve presión que el cuchillo ejercía, hasta que pensé en algo mejor. Apagué todas las luces y empuñándolo aún me dirigí a la entrada del apartamento. En el trasluz se distinguía mi silueta erguida y la del arma afiliada. El dorado pomo de la puerta brillaba, esperaba pacientemente a que este produjera movimiento. Atento controlaba el paso del tiempo, y cuando mi reloj ya marcaba las 20:22 h escuché una llave al otro lado de la entrada. Alejandro no iba a robarme a mi Mía, aunque fuera lo último que hiciese. Esperé estático hasta que la puerta se abrió acompañada de un leve chirrido, y cuando la lámpara se prendió, inundando así toda la sala con su luz, cerré los ojos fuertemente y comencé mi cometido. Mientras usaba el arma grité "Mía" una y otra vez, aunque quizás no sólo me refería con él al nombre de la que aún era mi mujer. 

   No escuché alarido alguno, solamente como el filo rozaba su piel y las gotas rojizas salpicaban mi cuerpo. Al parecer irremediable la situación abrí mis ojos. El arma se deslizó entre mis dedos cuando frente a mí no encontré al hombre de cabellos rubios que me había arrebatado a mi mujer, sino tendido el esbelto cuerpo de Mía. Me agaché junto a ella lentamente, mientras acariciaba su castaña melena despeinada no pude contener un par de lágrimas que se deshicieron cuando chocaron con su mejilla. Junto a uno de sus brazos descansaba su teléfono móvil, que estaba encendido en un chat, que efectivamente, era el de Alejandro. El ceño me transmutó rápidamente cuando leí el último mensaje que Mía le había enviado a ese miserable: En 5 minutos comienza nuestra vida. Sin emitir palabra apagué el aparato, cogí todo aquello que pude guardar en una mochila y salí de aquella casa, no sin antes reposar sobre el recibidor mi anillo de compromiso. 

                                               *** 

   Aún evocando aquellos recuerdos noto como mi piel se eriza. Mientras camino percibo como el frío de la noche comienza a abrazar la ciudad. El ramo de lirios me envuelve con su olor, al igual que lo hacía Mía hasta aquel día. Con cada crujido de las hojas caídas recuerdo las experiencias que viví con ella, envidiando la suerte que gocé durante años. 

   Quizá ya no sentía lo mismo que yo por ella, y le podía hacer más feliz un “nosotros” que me remplazaba por Alejandro. Quizá pude verme reflejado en su dolor con cada visión, quizá no la quise como se hubiera merecido, quizá no pude envolverla con mi amor al igual que hizo Alejandro. Lo único que sé con certeza a día de hoy es que sólo yo podía ser de Mía, al igual que ella de mí, tal y como nos prometimos un día. 

   Tras el largo trayecto alcanzo el banco, nuestro banco preferido cuando éramos jóvenes, desde el cual admirábamos vistas a toda la ciudad. Sentándome en él percibo desde la lejanía los brillantes destellos de las farolas de las calles, escuchando los motores de los coches y los murmullos de los pájaros buscando refugio entre las copas de los árboles más altos. Y ahí está, junto a mí. Sobre ella reposo el ramo de lirios rosados, retirando las flores de la semana anterior y acariciando delicadamente las letras de su nombre.

 - Puede que Alejandro hubiera sabido hacerte más feliz que yo durante un tiempo, pero tú eres mi Mía, y eso nunca cambiará. Espero que allá donde estés hayas aprendido que soy el hombre de tu vida, así como a amarme mejor– Afirmo con seguridad para seguidamente besar el frío granito que descansa sobre ella y susurrarle– Hasta mañana, cariño.