miércoles, 15 de octubre de 2014

TEJADOS DE CHAROL

Corríamos bajo un goteo de paraguas apresurados y balcones, buscando un portal abierto en el que resguardarnos. 
Llovía. Llovía como si el horizonte se hubiera desbordado, y nosotros, en el hueco que quedaba entre el cielo y la noche, corríamos.
El viento nos pisaba los talones y vociferaba, y silbaba, y se enfadaba en cada derrota y cada sonrisa.
Al fin llegamos a la puerta.
La llave giró en la cerradura como un suspiro, y ya no nos mojábamos, ni huíamos del viento, ni corríamos bajo los balcones.
Nuestros ojos se miraban apasionados y nos invitaron a subir al tejado, a pasarlo bien.
Recuerdo que nos gustaba subir todas las noches; queríamos cenar más cerca de la luna.
Las escaleras se hicieron eternas para llegar al paraíso.
No bastó una ventana entreabierta, que dejaba ver los tejados, húmedos, como campos labrados de tejas y sembrados de antenas y chimeneas.
Recuerdo que también nos gustaba salir y pisar las tejas, y sentarnos a charlar.
Aún llovía, pero esta vez íbamos bien armados: un par de paraguas y una enorme manta de franela.
Entonces la lluvia cayó con más fuerza y más ímpetu que nunca. Y se volvió una cortina de espuma y balas azules.
Poco a poco, las tejas se fueron desvaneciendo, y los tejados, como el charol, desaparecieron bajo nuestros pies.

                                                                   Adrián Castellón, 2º B

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