martes, 17 de diciembre de 2013

¡QUÉ BONITO ERA TODO AQUELLO!

Pasear por el centro comercial viendo las luces, tumbarse en el sofá y taparse hasta el cuello con una cálida manta, tomar un reconfortante chocolate con churros o monas al despertar de una noche fría y tapada.

La Navidad, para mí, siempre ha sido un tiempo de ilusión en el que toda la familia se une para felicitarse, para cantar, para comer las  deliciosas y calientes comidas navideñas, tomar turrón blando y leche con galletas.

Recuerdo estar en el campo con la familia, mirar un gran leño arder fuertemente en la enorme chimenea, escuchar villancicos de fondo y las historias llenas de fantasía y magia que mi abuelo me contaba sobre su regazo mientras, del exterior, entraban en la casa unos aromas a gambas a la parrilla y chorizo, y notar el pan, junto con un trozo de queso y de jamón, danzar en mi boca atiborrada de habas tiernas. Y, de repente, ver entrar a Papá Noel con un gran saco de regalos, esperar el turno para sentarme en sus rodillas y quitar impaciente el papel de regalo en el que ponía mi nombre, e ilusionarme fuera lo que fuera. Esas madrugadas resultaban  mágicas. Había que irse a dormir y esperar la comida del día siguiente en casa de la abuela.

¡Qué bonito era todo aquello!

                                                                                   Adrián Castellón García, 1º B

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