Era una de esas
tardes de primavera en la que el frio te da en la cara mientras los
poderosos rayos de sol te abrazaban cálidamente como si tu madre te
arropase en tu cama. Un extenso campo donde crecían girasoles y
margaritas que invaden casi todo el espacio de la fotografía. Al echar
la mirada hacia arriba, se puede apreciar el cuerpo de una niña con
un jersey rosa y un ramo de flores en la Sucina del 88, un
pueblo pequeño situado en Murcia. La representación de la
ingenuidad y la inocencia misma.
La niña corría
por aquellos campos, disfrutando de su juventud, libre de
preocupaciones y problemas, hasta que la sombra de su madre se
acercó a hacer una foto de este momento que, mucho tiempo después,
sería olvidado. La niña dibuja una sonrisa en su rostro.
Esta foto fue
posteriormente impresa a color y guardada en un álbum de fotos
olvidado durante exactamente 31 años, en un cajón al que no le
llegaba la luz del sol.
La niña de
aquella imagen, 17 años más tarde, tuvo un hijo y 14 años después,
fue sacada la foto de aquel viejo álbum de fotos. Su hijo, el que la
había sacado, se quedó observándola casi embobado. Al tiempo, el
niño vio que su madre en esa foto, tenía su edad.
Esto al joven le
hizo darse cuenta de cómo fue la niña que hoy en día conoce como
su madre. El cambio de una adulta con muchas responsabilidades,
fuerte y madre de dos hijos a una simple niña en la flor de su
juventud, sin preocupaciones ni pensamientos que no fueran la
felicidad.
También le hizo
fijarse en lo horrible que es madurar, dejar de lado todo lo que
tenías por pensamientos y verdades que a largo plazo lo único que
hacían era perjudicar.
Aquel niño
comprendió la facilidad que tenemos para almacenar memorias, es casi
como viajar en el tiempo. Recordar con exactitud lo que pasó y, con
tan solo una imagen, percibir y sentir perfectamente todo lo que
ocurrió y que todo aquello eran sus orígenes y que si él vive es
por todo lo que pasó.
El adolescente
sintió nostalgia de algo que pasó 19 años antes de su nacimiento.
El chico entendió de lo inevitable y efímera que es la juventud.
Daniel Barberán Hernández